Carta al Director de El País

El perfil de un catedrático

En relación con una carta a la Ministra de Educación y Ciencia (copia en http://ergodic.ugr.es/baremo) sobre el proceso de "acreditación" a seguir por los candidatos a un puesto estable en la Universidad española, como primer firmante, querría contestar a los comentarios al respecto de representantes del MEC y de la ANECA reflejados recientemente en la revista Science (14 de marzo) y en El País (31 de marzo).

Nuestra carta sólo ha de verse como una expresión meditada de preocupación ante las previsibles consecuencias de una reforma que nos parece condicionada por cierta falta de reflexión, debate y oportunidad. La acreditación que se ha diseñado, al ser condición necesaria para optar a plazas vacantes, determina el perfil de (por poner un ejemplo concreto) catedrático. Resulta que la definición de catedrático que se sigue de los documentos del MEC y de la ANECA es discutible en cualquier área del saber. Si se trata del escalón oficial más alto al que puede aspirar un experto en "creación y transmisión de conocimiento", ¿por qué se diseña un detallado baremo que incluye actividades que tienen que ver nada o muy poco con el asunto?

El baremo atribuye un máximo de 55 puntos (de 100) a la actividad investigadora del candidato. Esto es un aprobado bajo y, de hecho, ese máximo se concede de oficio si el profesor candidato ha superado de antemano cuatro evaluaciones periódicas, "sexenios" (que sólo garantizan el mínimo de productividad). Es decir, el baremo renuncia a distinguir entre científicos (salvo quizás por su edad), lo que resulta en perjuicio de los mejores, y los aspirantes, sin excepciones, tendrán que buscar en "otras actividades" los 25 puntos que les faltan para el mínimo de 80 necesario para acreditarse.

Muchos catedráticos en activo (quizás algunos de los que han impulsado la reforma pretextando "cubrir todos los ámbitos") no habríamos pasado esta acreditación cuando nuestra productividad era máxima. Como señala un colega, Albert Einstein, después de su año maravilloso, cuando recibió las mejores ofertas de trabajo, podría haber obtenido 55 puntos por ciencia y quizás algún punto mas por su trabajo de oficinista en el registro de patentes, pero seguramente no habría conseguido el mínimo de 20 puntos al que el MEC obliga en "otras actividades" como condición simultánea. Lo tendría más sencillo un imaginario vicedecano —cuyo único mérito puede ser el haber tenido la confianza del decano hasta ser cesado por su funesta gestión— que podría conseguir esos puntos con un simple certificado de haberlo sido. (Dicho sea de paso, sin querer entrar en ello, la burocratización es otro de los problemas del proceso.)

Por otra parte, los documentos de la ANECA al respecto se arrogan la condición de "hoja de ruta" para los que se inician en la carrera docente universitaria. Y aparte de la dudosa legitimidad de esta afirmación y de la confusión que origina, es previsible que la reforma acabe contaminando otras instancias que, de hecho, ya son receptivas a valorar en concursos locales actividades que uno creería obligatorias o pagadas de otro modo, como pertenencia a consejos de Departamento, desempeño de cargos políticos y traslado de viejos apuntes a vistosos "powerpoints".

La reforma también es inoportuna, pues deja en manos de las Universidades la decisión de contratar "acreditados" en un momento en el que todavía no se ha iniciado su financiación por objetivos ni se ha desarrollado hasta sus últimas consecuencias la necesaria cultura de exigencia académica y excelencia científica.

Es obvio que no hay en nuestra carta motivaciones políticas, ni malentendidos, ni corporativismo, ni defensa de intereses creados. Se trata de un comentario serio, avalado por más de ochocientos científicos sénior españoles, parte sustancial de una comunidad poco dada a estas expresiones, que no se sienten reflejados en el perfil diseñado por el MEC y que lo creen negativo para el futuro de la ciencia en España. Quizás el MEC tendría que oír esta opinión, repasar informes y fijar objetivos, y también preguntarse por qué los países en nuestro entorno con buenos sistemas universitarios y de I+D no han adoptado antes este invento.

Joaquín Marro Borau, catedrático de la Universidad de Granada